“Que las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón sean de tu agrado, oh Señor, mi roca y mi redentor.” Salmo 19:14

Es fácil de hacer; estás tomando una taza de café con una amiga y la conversación comienza a girar. De repente tu amiga empieza a compartir algunas cosas negativas sobre alguien o algo peor… eres tú quien inicia la conversación. No saliste con la intención de chismear, pero acaba de suceder. Chismear es ser participe en conversaciones vanas o compartir rumores con respecto a los asuntos personales o privados de los demás. El chisme es un pecado disimulado. Las palabras entran por los oídos y luego terminan echando raíces en su corazón. Mateo 15:18 nos dice “Lo que sale de la boca viene del corazón y contamina a la persona”. El chisme definitivamente no glorifica al Señor.

El chisme se ha convertido en una forma aceptada de entretenimiento en la sociedad actual. Hay revistas y programas de televisión cuyo objetivo principal es compartir información confirmada y no confirmada sobre las celebridades y las personas de interés. Si te sientes atraída por los rumores acerca de unos perfectos desconocidos, es obvio que te interesará chismear acerca de las vidas de las personas que conoces.

La palabra de Dios está llena de versículos acerca de cómo debemos controlar nuestra lengua y la importancia de guardar las palabras que salen de nuestra boca. Incluso incluye versículos que hablan específicamente acerca de los chismes. A menudo olvidamos que un día tendremos que rendir cuentas por cada palabra ociosa que hemos hablado. (Mateo 12:36)

¿Cómo podemos mantenernos alejadas de los chismes? Proverbios 21:23 nos dice que “El que refrena su boca y su lengua se libra de muchas angustias.” A menudo cuando salgo con amigas le pido al Señor que Él tome el control de mi lengua para que yo pueda glorificarlo con mis palabras. Si el tema comienza a inclinarse hacia el chisme, trato de cambiar el rumbo de la conversación. Si eso no funciona, por lo menos trato de mantener mi boca cerrada y no echar más leña al fuego. La realidad es que a veces no es fácil cumplirlo.

Debemos ser pro-activas y guardar lo que sale de nuestras bocas. Esto significa que tenemos que estar activamente conscientes de lo que decimos y escuchamos. Es fácil simplificar el pecado. Pensamos que los pecados “grandes” son los pecados malos. Pero todo pecado es pecado.

Con el paso de los años uno de los rasgos de carácter que busco en una amiga es la lealtad. Quiero amigas dignas de confianza. Quiero saber que lo que comparto con una amiga se queda con ella. Quiero ser ese tipo de persona también. No tienes idea lo perjudicial que es para tu credibilidad y tu integridad si la gente piensa que eres chismosa. Debemos mantener siempre presente que la lengua puede traer la muerte o la vida y a que los que les encanta hablar cosecharán las consecuencias. (Proverbios 18:21)

Es difícil ser el receptor de chismes. Cuando has sido víctima de chismes hirientes, requiere un esfuerzo adicional para alabar intencionalmente a otros y reemplazar las palabras hirientes con palabras de afirmación genuina. Si bien puede parecer que decir algo hiriente sobre alguien nos da placer momentáneo, a la larga no sólo daña a la otra persona sino tiene el poder de dañar nuestro espíritu y nuestra reputación también. Cuando respondemos a las palabras hirientes con palabras positivas y genuinas, rompemos el poder de esas palabras y nos permite caminar en la libertad de Dios sabiendo que Él conoce la verdad. La elección de no responder con el chisme permite a otros ver que es Cristo quien obra en nosotros. Esto no siempre es fácil.

Santiago 1:26 es un fuerte recordatorio de como nuestras palabras pueden afectar nuestro testimonio. “Si alguien se cree religioso pero no le pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo, y su religión no sirve para nada.” La próxima vez que te encuentras en una situación donde alguien comienza a chismear, recuerda que tú tienes el poder de controlar tus palabras, así como el poder de controlar lo que escuchas. Recuerda que el chisme no tiene cabida en la vida de un creyente, especialmente si estás en una posición de liderazgo.

“Las grandes mentes discuten ideas. Las mentes promedio discuten eventos. Las mentes pequeñas discuten acerca de otras personas”. – Eleanor Roosevelt